Compramos activos inmobiliarios procedentes de deuda, los ponemos en orden —lo jurídico, la posesión, la reforma— y los devolvemos al mercado. Con equipo propio y sabiendo en qué estado está cada activo cada día.
Comprar barato es la parte fácil. El valor aparece al resolver lo que hizo que ese inmueble acabara donde acabó, y eso no se subcontrata.
Se estudia cada activo antes de comprarlo: dónde está, en qué estado, qué cargas arrastra y qué hace falta para ponerlo en el mercado. Lo que no encaja, se descarta.
Procedimiento judicial, posesión, deudas de comunidad, suministros y reforma. Es la parte lenta y la que decide el resultado, y la lleva gente nuestra.
El inmueble se vende o se pone en renta ya limpio de problemas, que es lo que hace que otro pueda comprarlo sin miedo.
Lo que se enseña de cada activo es lo que hay, incluido lo que falta por resolver. Un inversor no necesita una promesa; necesita saber en qué punto está su dinero.
Tipo de activo, zona, plazo y a cuánto quieres llegar. A partir de ahí se filtra: no todo lo que compramos encaja con todo el mundo.
Cada oportunidad, con su situación real: en qué fase está, qué queda por hacer y qué puede torcerse. Después, informamos del estado según avanza.
Quien visita el inmueble, quien lleva el procedimiento y quien decide la compra trabajan juntos. Cuando la información pasa por menos manos, llega entera.
Cada activo, cada visita con sus fotos y cada trámite viven en un mismo programa hecho a medida. Por eso podemos decir en qué estado está algo sin tener que preguntar por ahí.
Cuéntanos qué tipo de activo te interesa y en qué plazo. Si encaja con lo que compramos, te enseñamos lo que hay.